Clínica
Por Celina Abud.-

¿Por qué hay que “vacunarse” contra los antivacunas?

Por: Celina Abud

Por: Celina Abud

¿Se puede considerar antivacunas a los  padres que dudan si inmunizar a sus hijos o si algún momento decidieron no hacerlo por haber escuchado rumores sobre posibles efectos adversos? Indudablemente no. Y si bien dialogar con los activistas podría resultar una tarea imposible, sí se puede concientizar a un progenitor preocupado con la ayuda de información simple sobre evidencia científica. Así coincidieron infectólogos, abogados y profesionales abocados en la comunicación en una mesa redonda realizada el pasado viernes en el XVII Congreso de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI), que tuvo lugar en Mar del Plata.

Si bien el nombre del  encuentro fue “Vacunate contra los antivacunas”, infectólogos enfatizaron en que no se debe declarar una guerra abierta y mediática que sólo sirve para reforzar posturas riesgosas, sino concientizar y contener a los que pueden verse influidos por estos postulados. Es por eso que propusieron que médicos y comunicólogos “diferencien las audiencias” y participen de manera proactiva para alcanzar “coberturas del 95%, cifras que son necesarias para que se bloquee el camino de la propagación de la enfermedad si una persona se enferma”, expresó la doctora Carla Vizzotti, presidenta del comité Científico del Congreso SADI 2017 y exjefa del Programa Nacional de Enfermedades Inmunoprevenibles del Ministerio de Salud de la Nación.

De hecho, a nivel mundial, preocupa el rebrote de una enfermedad prevenible por vacunas: el sarampión. Se registraron entre enero y febrero de 2017 más de 1.500 casos en más de 14 países europeos y según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta patología provocó la muerte de 134.000 personas en 2015. La principal responsable del descenso de las coberturas fue la asociación entre la vacuna triple vírica (contra sarampión, paperas y rubelola) y una mayor prevalencia de Trastornos del Espectro Autista (TEA), que fue descartada de forma unánime por la comunidad médica e investigadora de todo el mundo por carecer de rigor científico.  Sin embargo, activistas antivacunas siguen apoyando este postulado.

Quien había condenado al timerosal, componente utilizado como conservante de la vacuna triple vírica. fue el doctor Andrew Wakefield en una publicación en la revista The Lancet realizada en 1998. Más allá de que journal se rectificó y retiró el artículo, así como se revocó la licencia de Wakefield para ejercer la medicina, aún los dichos del médico siguen provocando dudas, más allá que la OMS avala el uso de vacunas que lo contienen para continuar los esquemas de vacunación en todas las poblaciones, incluso en embarazadas, con excepción de las personas que tuvieron un episodio previo de anafilaxia atribuida al componente.

Pero por fuera de los activistas, los expertos pidieron no menospreciar las dudas de los padres, que sólo provienen por la preocupación por el bienestar de sus hijos. La doctora Mirta Roses, quien fue directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), indicó que “hay que diferenciar a un antivacuna de un individuo que acepta sin dudar determinadas vacunas, como la antirrábica y la antitetánica, mientras que se resisten a otras por los rumores generados en torno a ellas, como la triple vírica o la del virus del papiloma humano (VPH), por más que hayan sido comprobadas la seguridad de ambas”.

“Por otra parte, existen quienes temen a darse las vacunas en simultáneo, pero no tienen reparos en aplicárselas por separado. En ese caso, se debe volver a escuchar al paciente e individualizar estos casos, porque con negociar los tiempos, se pueden mejorar las coberturas”, agregó.

Pero a nivel masivo, ¿cómo hacer para concientizar a la población que se resiste a las vacunas por informaciones sobre asociaciones con trastornos no demostradas que tuvieron cierto eco mediático? De ese tema se encargó la doctora en Biología Molecular Guadalupe Nogués, quien está abocada a la educación y que también se encarga de comunicar en las redes sociales que los postulados de los antivacunas carecen de fundamentos científicos.

Durante su exposición, Nogués propuso jerarquizar a la población de acuerdo con sus posturas hacia las inmunizaciones para elaborar estrategias de comunicación. En la base está la población general, que se vacuna y que es permeable a las campañas. Un poco más arriba, están aquellos que tienen dudas racionales, a la que se los concientiza contándoles con simpleza las distintas etapas que tiene que pasar una vacuna para ser lanzada e incorporada a un calendario, como estudios de seguridad y eficacia. Por arriba están los que poseen dudas emocionales, a los que no les alcanza la evidencia para estar completamente convencidos. En este caso, Nogués habló de la estrategia de “desplazar la angustia”, es decir, hablar de los posibles efectos que se pueden dar si el niño no se vacuna. Sin embargo, este abordaje es incompleto, ya que después se debe calmar la ansiedad de los padres. En el último escalón están los antivacunas, que en palabras de Nogués son “pocos pero ruidosos” y que poseen “posturas fundamentalistas”. Para la comunicadora, “discutir con esta población no es recomendable, porque contrarrestar sus ideas sólo hace que ellos se afiancen más en sus creencias".

¿Pero se puede obligar a quienes deciden no vacunar a sus hijos a hacerlo cuando esta conducta pone en riesgo a una determinada población? Si, se puede, al menos en Argentina, donde las vacunas son consideradas como un bien social y el biestestar social está por encima del individual. De eso hablaron los abogados Ignacio Maglio y Silvia Fernández.

En síntesis, el panel, en el que también participaron los médicos Miguel O’Ryan y Daniel Stecher, coincidió en que es mejor informar que declarar una guerra. Pero para concientizar, se debe tener en cuenta a quien se tiene en frente, ya que no se puede presentar múltiples papers a padres angustiados ni apoyarse en esos datos técnicos difíciles de interpretar para menospreciar sus dudas. La clave es hablar con simpleza y generar empatía. Para hacerlo, los médicos no deben olvidarse de que trabajan con personas que necesitan sentirse cuidadas, tanto tras aplicarse una vacuna como por recibir buenos consejos.